Cuando los recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres, deliciosos.

Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped “reposando el calor”, y al fin se decidió aquél a ir despojándose poco a poco de la ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela, de las que llegaban a sus oídos en Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo:

—¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?

Chucho se contentaba con reir, como diciendo:

¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo cada vez que intentan meterme en el agua!

Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad, retratados en la cara de su “Chipilín”, le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la sábana. Pero Chucho no estaba conforme y comenzó a gorjear, mientras tiraba de la sábana con sus manecitas, “que su papá tenía pelo en el cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía...”

—Vamos, Chucho, cállate—le dijo el papá con semblante grave—. No se habla de eso. Los niños no hablan de eso.

—¿Y por qué no hablan los niños de eso?

Fresnedo no contestó.

—¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?—repitió el chico.