El comerciante quiso distraerle hablándole de otra cosa, pero Chucho no acudió al engaño.

—¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?—insistió lleno de curiosidad.

—Porque no está bien—respondió.

—¿Y por qué no está bien?

—¡Vaya, vaya, déjame en paz!—exclamó entre impaciente y risueño.

Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.

—Mira, Chucho—dijo volviéndose—, no te muevas de ahí. Sentadito hasta que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las tres!

Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto, de cabeza al pozo con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.

—¡Mira, Chucho! ¡Mira!

Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.