—Mira, mira ahora.

Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.

—Verás ahora: voy a nadar como los perros.

Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.

¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades aprendidas en la niñez!

Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía uno solo de sus movimientos.

—¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?—gritaba Fresnedo embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos inocentes de su hijo le producían.

El niño guardaba silencio, enteramente absorto y atento a los juegos natatorios de su padre.

—Vamos, dí, Chipilín, ¿quién te quiere?

—Papá—respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de contemplarle atentamente.