—¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!

La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa. ¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allí en el fondo del pozo, hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el brazo para acudir a su llamamiento.

No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento, cayó otra vez dormido, y así le hallaron los que habían salido en su busca.

RIVERITA

ESTA novela y la que sigue Maximina, forman en realidad una sola. Exigencias editoriales me obligaron a ponerlas títulos diferentes. Vivimos actualmente tan presurosos que ya no se sufren, como en tiempos pasados, las novelas en varios volúmenes.

Algunas personas han creído que estas dos novelas constituían una autobiografía. Es un error. En la fábula nada hay que se parezca a mi vida: sólo algunas escenas he extraído de ella. Pero en lo que se refiere a los caracteres, debo confesar que están más en lo cierto. El principal se halla ligado a mi existencia de un modo tan estrecho que ni la muerte ni el tiempo han podido separarlo.

En la hora más aciaga de mi existencia me prometí darlo a conocer al mundo. Hice cuanto pude, mas el retrato quedó lejos del original. Al publicarse en los Estados Unidos la traducción inglesa de Maximina, un crítico preguntaba:—“¿Dónde habrá podido hallar Valdés el modelo de ese tipo ideal?” Y mi corazón se desgarraba de dolor al leer estas palabras porque la realidad había sido muy superior a la pintura. Hay cosas que es imposible transmitir ni al oído ni al papel, y en esas cosas inefables es donde se cifraba la excelencia de aquel carácter singular.

Por cartas de desconocidos y por comunicaciones de mis amigos he sabido que esta novela ha hecho derramar muchas lágrimas. Una señora me dijo en cierta ocasión:—“La noche pasada, cerca ya de la madrugada, estaba yo en la cama con su libro entre las manos llorando como una tonta.”