No otra cosa me había propuesto al escribirlo. Todas esas lágrimas las ofrezco como tributo de admiración al ser que como una visión celestial no ha causado más disgusto que el de su desaparición.

UNA CORRIDA DE TOROS

JULITA soltó una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta el gabinete de Miguel. “¿De qué se reirá aquella loca?” se preguntó éste sonriendo también frente al espejo mientras se aderezaba para salir.

—¡Miguel! ¡Miguel!—gritó su hermana desde el pasillo—. Ven aquí, por Dios; ¡mira, por tu vida!

Acudió solícito, y al asomar la cara por el corredor, vió a su primo Enrique en traje de chulo: chaquetilla corta, faja de seda, camisola bordada sujeta al cuello por botones de oro, sombrero ancho de fieltro, pantalón ceñido y bota de charol. El complemento del traje era un vara en la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.

Julita se arrimaba a la pared, sujetándose la cintura con las manos para no desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonreía un poco avergonzado. Miguel siguió al instante el ejemplo de su hermana.

—La cosa no merece tanta risa—concluyó por decir el primo amostazado.

Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado un poco, vinieron hacia él y le examinaron curiosamente.

—¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte así? ¿Te ha visto tu padre?

—No: me he ido a vestir a casa de un amigo. Tengo allí el traje...