—Poca cosa, Pepe... que me voy ar otro barrio...

El cura avanzó en aquel instante con los sagrados óleos. Todos los circunstantes doblaron la rodilla. Reinó silencio aterrador, que sólo interrumpía el murmullo del clérigo y el estertor del moribundo. Cuando aquél concluyó, Baldomero dirigió otra sonrisa a su hermano y le tendió la mano diciendo con trabajo:

—Mis chiquitines...

—Pierde cuidiao, Baldomero—repuso el anciano con la voz anudada y llevándose la mano al corazón—. Tus hijos serán los míos.

En aquel instante se oyó un gran vocerío en la plaza. Era la plebe, que saludaba la entrada del quinto toro.

El Cigarrero se dejó caer sollozando en los brazos de Miguel.

—¡Qué tristesa, don Miguelito del arma, qué tristesa!

MAXIMINA
EL PRIMER HIJO