—Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.
Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de genio: estaba como loco: iba y venía por la casa a grandes trancos: mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba por todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba a su esposa, la acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:
—¿Qué tal estás?
Más de cien veces había ido a la puerta y había pegado a ella el oído, pero nadie llegaba. Desesperado, emprendía de nuevo sus paseos agitados. Al fin creyó percibir pasos en la escalera... ¡Si sería!... Nada; el portero que subía con un telegrama para el piso tercero. ¡Malos diablos le lleven! Otra vez a esperar, ¡qué fatiga! ¿Dónde se habría parado esa maldita Plácida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de ingenieros. ¡Qué poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar a Juana, que al fin no tiene novio.
—¿Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendría mal... Voy yo mismo a hacerlo... ¡Valor!
—Lo necesitas tú más que yo, pobrecillo—dijo la niña sonriendo.
Al cruzar por el pasillo sonó el timbre de la puerta.
—¡Por fin!...
Otra decepción. Era la Condesa de Losilla que venía a ofrecerse “para todo”. Las niñas no bajaban, por razones fáciles de adivinar.
—Pero, Rivera, ¿cómo está usted tan pálido?