—No importa; es la mejor ocasión para echarla a perder.
—¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!
—¿Por tu causa?—exclamó entre sorprendido y enfadado.—¡Pues estaría gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!
La niña le pagó con una sonrisa amorosa.
La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.
—¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?
—Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche... ¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?
—Las dos se han ido a recados.
—¿Qué, no han venido todavía?
—¡Pero, señorito, si acaban de salir!