Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:

—Ya sé lo que tienes. Voy a llamar un coche.

La niña bajó la cabeza avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron a casa. En cuanto estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas de una gran batalla. Comenzó a dictar a las criadas, en voz baja, órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente a la puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete. Miguel presidió en silencio y con gravedad al arreglo del gran lecho nupcial mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete, los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.

—¿Qué sábanas ponemos?

—Toma las llaves, saca las que quieras.

—¿Las mejores dónde están?

—En el estante de arriba.

—Pondremos la colcha de damasco.

—¡Se va a estropear!