—Como usted quiera, señorito—respondió secamente y con gesto desabrido la comadre.
—¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella respondía?—manifestó la Condesa.
—Bien, bien; si ella responde...—contestó avergonzado. Y luego preguntó afectando sangre fría:
—¿Para qué hora estará el asunto despachado?
Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en tono condescendiente:
—Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.
Tornó a vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido e inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin embargo, no acababa de persuadirse a que debía fiar su felicidad y su vida entera a una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado a cónclave a todos los médicos eminentes de la corte. “A la menor complicación que haya, la ahogo entre mis manos”, se dijo con rabia. Y con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.
Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó a dar disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando con un enorme cuadro que representaba a San Ramón Nonnato, el cual se colocó en el gabinete con dos cirios encendidos a los lados. También esta señora se puso a dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí todo el mundo tenía derecho a dar órdenes menos el amo de la casa, al cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. “Porque al fin y al cabo—como él decía muy bien, paseándose con las manos en los bolsillos, el semblante fosco y desencajado,—yo soy el marido, y soy además el... o lo seré, que es lo mismo”.
No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo a su mujer en pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo a cenizas. La brigadiera, procurando reprimirse y suavizando la voz, le dijo:
—Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya te avisaremos a su tiempo.