Obedeció a su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una expresión tan afectuosa y triste, que estuvo a dos dedos de abrir de nuevo la puerta y decir: “Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y ustedes se van por donde han venido”. Pero reflexionó que el altercado ocasionaría un disgusto a Maximina, y devoró su enojo.
Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió por ellos buen rato, prestando oído a los rumores del gabinete. Ansiaba oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían las de todas menos la de ella.
—¿Cómo va?—preguntó a la Condesa, que cruzaba para la cocina.
—Bien, bien; no se preocupe usted.
Trascurrida una hora y rendido a tanto paseo, fué al salón y se dejó caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado con los ojos muy abiertos, tratando de vencer al sueño que a despecho suyo se le iba apoderando. Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza cómodamente, dió un bostezo de a cuarta, y quedó hecho un tronco.
Era ya día claro, cuando tres o cuatro mujeres invadieron precipitadamente la sala dando gritos.
—¡D. Miguel!...—¡Rivera!—¡Señorito!
—¿Qué pasa?—exclamó despertándose sobresaltado.
—¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.
Y le arrastraron a la alcoba, donde vió a su esposa sentada aún en una butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste. También vió allá en un rincón a Juana con una cosa entre las manos que chillaba horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para dirigirse a su esposa, a quien besó con efusión.