—¿Has sufrido mucho?
—Muy poco.
—No haga usted caso—interrumpió la Condesa:—ha pasado bastante la pobrecilla.
Miguel salió del cuarto con el corazón en la garganta.
Cuando se vió solo rompió a llorar como un niño.
—¡Pobrecilla—murmuró:—Ella padeciendo dolores increíbles sin exhalar una queja, y yo durmiendo aquí como un bruto! No me perdonaré en mi vida este acto de egoísmo... ¡La culpa la tienen esas mujeres—añadió con exaltación,—esas entremetidas que me echaron del cuarto!
Pronto se calmó de su remordimiento para dar lugar a las mil gratas emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres ¡siempre las mujeres! se opusieron a ello en tanto que el niño no estuviese lavado y enrollado y la señora librada y en la cama. Cuando todo esto se hubo efectuado, pasó a la alcoba. Su esposa estaba más linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con cintas azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa. Sentóse a la cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto de tomarle el pulso, le apretó la mano larga y tiernamente. La brigadiera le presentó un paquete de ropa diciéndole:
—Ahí tienes a tu hijo.
Miguel cogió el paquete y lo elevó a la altura de los ojos. Y vió una carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente deprimida, de cuya boca relativamente enorme salían unos chillidos nada melódicos.
—¡Qué feo es!—dijo en voz alta.