Un grito de indignación se escapó de todos los pechos, incluso del de su esposa.
—¡Qué atrocidad, Rivera! ¿Cómo dice usted esas cosas?—¿De dónde saca usted que es feo, señorito?—¡Si precisamente es uno de los niños más hermosos que he visto, Rivera!—¿Quiere usted que ahora tenga las facciones perfectas?
—¡Quita; quita!—dijo la brigadiera arrebatándoselo de las manos.—¡Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!
—Quisiera yo ver cómo era usted a las dos horas de haber nacido, señorito—dijo Juana.
Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:
—Hermosísimo.
—¡Hombre, cómo se ha echado usted a perder!—exclamó la de Losilla riendo.
—No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra gratuita esa afirmación.
—Nada de eso—dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.
—¡Maximina!