—¿Por qué le has llamado feo?
—Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.
En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de aquellas buenas mujeres; se morían de risa contemplando aquella boca abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo preñado de amenazas.
—¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!—Así me gusta, ensánchate, hombre, ensánchate.—¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se pone llorando!
La verdad es que estaba horrible.
—¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda! gritó Plácida.
Todas acudieron asustadas.
—¿Cómo? ¿Dónde se queda?—preguntó Miguel dando un salto en la silla.
—En lloro, señorito.
El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas a pique de matarlo. Al fin dejó escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con satisfacción.