—Vaya, hay que darle de mamar a este tunante; si no, se nos va a enfadar.

—¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?—pensó Miguel.

Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero se negó a tomarlo, no sabemos bajo que pretexto. Las mujeres encontraron aquella conducta inconveniente. Maximina le miraba con ojos severos, haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió agua con azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico, seducido por aquella atención delicada, no vaciló en acceder a los deseos de las señoras y comenzó a chupar la teta con poca expedición, como aprendiz al fin en el oficio.

—¿Han visto ustedes qué picarón?

—¡Ave María, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

—¡Cosa como ésta nunca se ha visto, mujer!

—Es un pillo de playa.

Después de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de su parte por confirmar esta favorable opinión que de su ingenio habían formado. Al efecto, abrió un si es no es el ojo derecho, y volvió acto continuo a cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes. Después, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenzó a dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de talento, lo probó aún más cumplidamente cuando Plácida le puso su lengua en la boca. En un principio la chupó con afán; pero advertido muy pronto de la burla que se le hacía, se enfureció de un modo terrible y dejó entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su dignidad, le verían protestar en iguales o parecidos términos.

Vuelto de nuevo a su cama, se durmió al instante como un obispo (el símil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil curiosidad. Habiéndose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su esposa pensó al parecer que iba a lastimar al chico.

—¡Quita, quita!—gritó con acento colérico.