Y le dirigió una mirada tan iracunda, que el joven quedó estupefacto, pues no podía imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla. En vez de enfadarse, se echó a reir como un loco. Maximina, avergonzada, sonrió, y su faz inocente volvió a adquirir el amable sosiego que la caracterizaba.
Por desgracia, aquel sosiego fué turbado inopinadamente al poco rato. Sucedió que, habiéndose despertado el obispo, hubo en el consejo femenino ciertas sospechas de que su ilustrísima no andaba muy limpio en toda su persona, y se decretó inmediatamente una inspección ocular. La Condesa lo colocó sobre el regazo, lo despojó de sus vestiduras, y en efecto, así era como lo habían pensado. Pidió acto contínuo agua caliente y una esponja. Trajeron además frescos pañales, y con mucho donaire y no pequeña satisfacción, dió comienzo al arreo del infante. Pero hete aquí que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde hacía tiempo y había declarado solemnemente, aunque por lo bajo, a las criadas “que aquella buena señora era una fastidiosa entremetida”, manifestó ahora en tono algo desabrido que la faja no debía ir tan prieta como la Condesa la ponía.
—Déjeme usted, Angela, déjeme usted, que bien se lo que me hago—dijo ésta con cierto dejo de suficiencia continuando su tarea.
—¡Pero si esa criatura no puede resollar, Condesa!
—Necesitan estar así los primeros días para que no salgan torcidos.
—Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.
—No necesito que me enseñe nadie a enrollar niños. He tenido seis hijos, y, gracias a Dios, todos están en el mundo, vivos y sanos.
—Pues yo no he tenido más que una hija, pero no hubiera consentido nunca que la enrollaran de ese modo.
—Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en nada...
Las palabras que se habían cruzado eran ya sobrado ásperas, y la actitud airada en que ambas señoras se encontraban hacía presumir que pronto lo serían mucho más. Los que asistían á la escena se habían puestos serios. Maximina, asustada, hacía pucheros para llorar. Entonces Miguel, irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con firmeza: