—Señoras, tengan ustedes consideración con esta pobre muchacha, que ahora necesita tranquilidad y descanso.
La de Losilla levantóse con altivez, entregó el niño a una criada y salió de la estancia sin despedirse. A pesar de sus ruegos, Miguel, que la siguió, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fué creciendo a medida que se acercaba a la puerta, y allí le dijo un adiós muy seco, subiendo a su casa con ánimo, al parecer, de no bajar otra vez.
—¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan remaldito!—exclamó al quedarse solo.
Pero tal disgusto se le borró pronto de la mente, porque las circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran a propósito para ello.
Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad habían de caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajín del día, se disponía a retirarse dejando a Plácida que velase a su esposa, se oyó el toque importuno de la campanilla de la puerta.
—Señorito, hay ahí un caballero que desea hablar con usted.
—¡Vaya una visita impertinente! ¿Le ha introducido en el despacho?
—Sí, señorito.
Nuestro nuevo papá se fué hacia allá arrastrando perezosamente los pies, muy resuelto a que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar en su despacho quedó sorprendido no muy agradablemente el encontrarse con Eguiburu “el caballo blanco” de La Independencia. Las relaciones que con este señor mantenía estaban muy lejos de ser íntimas. Después que había dado su firma en garantía de los treinta mil duros gastados en el periódico, no había vuelto a verle sino otras dos veces, para tomar de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se habían gastado todos en el periódico, sino que habían servido también para socorrer a los emigrados. Llamóle, pues, la atención aquella intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.
Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara pálida y rugosa, ojos azules y pequeños, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de paño negro, chaleco largo y un enorme gabán pardo que le bajaba casi hasta los pies, no ayudaba a prestarle la gallardía de que tan necesitado estaba.