Saludóle Miguel cortés y gravemente, preguntándole a qué debía el honor...
—Señor de Rivera—dijo sentándose sin ceremonia, pues Miguel, a causa tal vez de la sorpresa, no le había invitado a hacerlo.—Es el caso que hace ya algunos meses que son ustedes poder...
—Alto, mi amigo; no hay en España un hombre más desprovisto de poder que yo... Ni siquiera soy subsecretario.
—Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes destinos: el Conde de Ríos embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser elegido diputado...
—¿Y quiere usted compararme a mí, insignificante pigmeo, con el Conde de Ríos y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la política española?
—Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el café de Levante no hablaban muy bien del Sr. Mendoza sus amigos.
—¿Qué decían?
—Decían, con perdón de usted, que era un alcornoque.
—Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de esa madera se hacen los hombres de Estado.
—Yo me alegro mucho de que así sea, señor. Pero es el caso, como decía, que a pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr. Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo vengo gastando.