—¿Ha hablado usted con ellos?
—Les he escrito una carta a cada uno. Mendoza no me ha contestado. El Sr. Conde, al cabo de bastantes días, me dice en carta que aquí traigo y usted puede ver, “que las gravísimas atenciones políticas que sobre él pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los cuales hace tiempo que tiene encomendados a su antiguo secretario particular el Sr. Mendoza y Pimentel”. Yo, a la verdad, como usted comprenderá muy bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta en puerta lo que es mío. Así que, sin más dilaciones, me he venido a su casa de usted.
—¿Por qué no ha ido usted antes a la de Mendoza?
Eguiburu bajó la cabeza y empezó a dar vueltas al sombrero. Al mismo tiempo sonrió como pudiera hacerlo una estatua de mármol, si le diesen facultad para ello.
—El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uñas.
Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las había acompañado, Miguel sintió cierto frío por la espalda y guardó silencio. Al cabo de algunos momentos levantó la cabeza y dijo en tono resuelto:
—En suma, viene usted a reclamarme los treinta mil duros, ¿no es eso?
—Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.
—Muchas gracias: posee usted un corazón sensible, y le felicito por ello. La desgracia está en que yo no pueda corresponder a esa delicadeza de sentimientos, entregándole en el acto los treinta mil duros.
—Bien, ya me los entregará usted.