—¿Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levantó la cabeza y clavó sus ojos azules y pequeñuelos en los de Miguel, que le miraba de un modo frío y hostil.

—Sí, señor—contestó.

—Pues también le felicito; yo que usted no la tendría.

—¿No se hace usted cargo, Sr. de Rivera—dijo el banquero con amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban a producir sus palabras,—que tengo aquí un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llevó la mano al bolsillo del gabán al decir esto.

Miguel guardó silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz donde se traslucía una cólera reprimida a duras penas:

—¿Es decir, Sr. Eguiburu, que pretende usted nada menos que arruinarme por una deuda que le consta a usted que yo no he contraído?

—Yo no pretendo más que cobrar mi dinero.

—Está bien—dijo sordamente.—Mañana escribiré al conde de Ríos, y veré también a Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la estacada... Si así fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.