Después de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso.
Eguiburu daba vueltas al sombrero, observando de reojo a Miguel, que tenía la vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movían con un imperceptible temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.
—Hay un medio, Sr. de Rivera—dijo tímidamente,—de que usted salga del compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los demás amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el dinero que he soltado después para el periódico, no tengo inconveniente en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho a una persona tan apreciable como usted...
Miguel siguió inmóvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva; levantándose después repentinamente, dijo:
—Bien, ya veremos cómo se arregla este negocio. Por de pronto, mañana hablaré con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta que escriba al Conde, le avisaré inmediatamente.
Eguiburu también se levantó y alargó la mano con exquisita amabilidad a Rivera, para despedirse. Este se la estrechó, y mirándole con fijeza, mientras asomaba a sus labios una sonrisa burlona, le dijo:
—¿Tiene usted mucho cariño a esos treinta mil duros?
—¿Por qué me pregunta usted eso?
—Porque sentiría que usted se hubiese encariñado demasiado estando en vísperas de separarse para siempre de ellos.
—Explíquese usted—dijo el banquero poniéndose serio.