—¿Quién era esa visita?—le preguntó.

—Nada, un señor que viene a hablarme de asuntos del periódico.

Algo extraño debía de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta sencilla contestación, cuando su mujer se le quedó mirando con inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

—¡Qué cansado estoy! ¡Tengo sueño!

La besó en la frente, alzó el embozo de la cama, contempló un momento a su hijo dormido y rozó con los labios su cabecita. Volvió a besar a su esposa y salió de la estancia. Cuando se metió en la cama tiritaba y sentía, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruzó por su mente; mil recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginación viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vió arruinado, teniendo que descender él y su esposa de la categoría social en que se hallaban colocados. Se acordó también de su hijo.

—¡Pobre hijo mío!—exclamó.

Y estuvo a punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre sí mismo diciéndose:

—No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los avaros. El que posee una esposa como la mía, y ésta le acaba de dar un hijo, no tiene derecho a pedir más a Dios. Soy joven, tengo salud. En último resultado, trabajaré para ellos.

Al murmurar estas palabras dió un soplo violento a la luz y tuvo energía bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.