—No faltes.

—No faltaré.

Al día siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al muelle esperaban a los invitados para transportarlos al buque, que se veía anclado allá en medio del puerto. Era una corbeta de regular tamaño, negra, sólida, bien arbolada. El capitán, hombre de cuarenta años, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra cerdosa, pesado y macizo como su navío, les esperaba de bruces sobre la cornisa de la obra muerta. Acompañábale Velázquez. La Esperanza, que así se nominaba la corbeta, iba a la América del Sur por carga de cacao, llevándola heterogénea de algunos productos de la Península.

Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el señor Rafael. Inmediatamente la lancha trajo a la familia del Cardenal, los viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, a los cuales se había unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida María-Manuela con Antonio y dos amigos más de Velázquez. Por último, al cabo de un rato acostaron al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse a la frágil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las piernas a los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las embromaban sobre esta despreocupación así que estaban arriba.

—En el mar estamos como en el paraíso terrenal. No existe la vergüenza—decía el capitán—. He conocido una señora que al averiguar que el barco hacía agua subió a cubierta desnuda y estuvo hablando con nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.

Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase la mesa bien abastecida de manjares y botellas. Velázquez fué saludando a sus amigos cordialmente y les invitó a sentarse. Estaba tranquilo y a las frases de sentimiento que dejaban escapar todos al darle la mano respondía con afectada alegría:

—Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz..., soy capaz..., ¡hombre, soy capaz de venir con levita!

—¡No, por Dios!—gritaron los compadres riendo.

Había saludado a Soledad con no fingida naturalidad y aun la había piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada que él. Después, acercándose a Mercedes, la preguntó familiarmente por lo bajo:

—¿Y Gabino? ¿Cómo no viene?