—¡No es por eso, no!... Al contrario..., me parece lo único decente que ha hecho en su vida; pero...

Iba a contar la bajeza que con ella había cometido, pero se detuvo a tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba más a ella.

—Le llamo charrán porque lo es. Todo el mundo lo sabe—concluyó bajando la voz.

Quedó un momento silenciosa con el rostro fruncido.

—Bueno, hasta mañana en el barco... Voy allá porque tú me lo mandas—manifestó al fin dándole la mano.

—No; yo probablemente no podré ir.

—¡Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero.

—¡Siempre tan testarudilla!—dijo Uceda apretando cariñosamente la mano que tenía cogida—. Iré porque no te enfades. Hasta mañana.