—¡Ah! ¿Te ha convidado a la juerguecilla del barco?... También a mí me convida; pero, a la verdad..., no sé qué hacer. Quisiera que me dieses tu parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma, eres el único hombre decente con que he tropezado en la vida y a nadie pido un consejo con tanta satisfacción como a ti...

—Muchas gracias—manifestó el caballero de Medina sonriendo—. Pero ¿qué quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...

—Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo...

—Pues bien—repuso Uceda, después de vacilar un poco—. A mí me parece que debes ir... A pesar de todo le has querido: él te ha querido también y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el no decirle adiós.

—Está bien; iré aunque me cueste trabajo.

Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza:

—¿Y Antoñico?

Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y exclamó con ímpetu:

—¡No me hables de ese charrán!

—Me han dicho que ha vuelto a juntarse con María—repuso el caballero riendo.