Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta para que accediera a aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba ella, no tanto por el rencor que aun le guardaba, como por considerar violenta y embarazosa la entrevista.
Cuando, cruzando aquella tarde por la calle de la Amargura, acertó a tropezar con Manolo Uceda, a quien hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de seguir su camino, pero ella se le puso delante.
—¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por qué no vienes a casa?—le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole afectuosamente la mano.
Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su imprudencia y se puso roja como una cereza.
—Ando bastante ocupado con un asunto que me ha encomendado mi madre... El jueves me voy a Medina.
—¿Para volver?
—No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos a Sevilla... He conseguido que mi madre cediese a vivir allá, y me alegro bastante.
Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al cabo dijo con tristeza:
—¡Todo el mundo se va!... Yo también necesito pensar en liármelas... Ya sabrás que Velázquez se embarca mañana...
—Sí lo sé. Me ha escrito.