—¿Qué queréis, hijos míos?—respondía él.—He perdido el estómago. ¿Cómo no había e perderlo si esta mujer que aquí veis me ha estado envenenando más de tres semanas con una bebía compuesta?

—Decid que es mentira—saltó María-Manuela—. No ha sido más que ocho días, y lo que le he dado a nadie le hace daño: agua de siete pozos distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas de rata...

—¡María Santísima del Carmen!—exclamó Antonio llevándose la mano al estómago—. ¿Y yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de delante! ¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme reventar en cualquier rincón, como un triquitraque!

—¡Ya lo creo que lo has bebío!—exclamó la ruda morena con gesto de triunfo—. Y gracias a ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que no hay por dónde cogerte, más humildito y manso que un cordero de Dios... Porque ahí donde ustedes le ven—añadió volviéndose a los circunstantes—, ahí donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio, ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de rodillas pidiéndome que no me enfade. Y too esto ¿a qué se debe? Pues a la virtud de la bebía.

—¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vocee si me has dejado en los huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buñuelos por la mañana.

Los amigos reían y vertían de vez en cuando una palabrita para que la disputa se alargase.

Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitán se había apartado de la mesa y andaba de un lado a otro dando órdenes. Los marineros comenzaban a moverse ejecutando las maniobras preventivas.

Soledad y Manolo se habían aproximado y charlaban un poco retirados de los demás. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba triste y que hacía esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel momento crítico el corazón hablaba. No en vano había estado enamorada tanto tiempo. La joven se defendía con empeño, negando que estuviese triste y casi casi que hubiera estado enamorada.

—No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El amor debe ser algo más dulce, más tranquilo... Era imposible que yo le quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antipático... Detesto a los hombres soberbios...

—Es porque tú lo eres.