Alquiló una casita aislada con jardín en uno de los barrios extremos de Madrid. Allí habitaba, servido por un ama de gobierno y algunos criados, y en aquel nido frío y solitario le visitaba una que otra vez, y charlábamos de nuestros buenos tiempos de Universidad y de Ateneo, y bebíamos una botella de cualquier cosa. No pasó, sin embargo, mucho tiempo sin que su salud, ya vacilante, empeorase hasta el punto de inspirar alarma. Decayó rápidamente. Ignoro si era el hígado, o el pulmón, o el corazón, pero el doctor Angélico tenía alguna víscera dañada. Con este motivo, yo solía menudear mis visitas y acompañarle largos ratos.
Pocos días después de una memorable conversación que sirve de epílogo a este libro, se presentó en mi casa su criado.
—Señorito, el doctor está muy malito. Por la noche se nos quiso morir y, en cuanto amaneció, dió orden para que viniese a buscarle.
Comprendí que había llegado el instante supremo.
—Y ¿qué opina el médico?—pregunté hondamente afectado.
—No sé decirle; pero, a juzgar por la cara triste que tiene doña Pepita (el ama de gobierno), no debe de hallarle bueno.
Tomé un coche y nos trasladamos al hotelito. Hallé a Jiménez con el semblante terriblemente descompuesto. La muerte estaba ya impresa en él. Doña Pepita cerró con mano temblorosa la puerta y nos dejó solos.
—¿Qué es eso, doctor?—dije acercándome a su lecho y afectando alegría para ocultar mi emoción—. ¿Empiezas a ser mimoso como una solterona?
Al mismo tiempo fijé la vista involuntariamente en la reproducción al óleo de una de las vírgenes de Murillo que pendía sobre su cama. Sujeto al marco había un magnífico ramillete de flores, recientemente colocadas allí, a juzgar por su frescura.
Jiménez advirtió la mirada, y dijo sonriendo: