Bien adivinábamos que aquello no era cierto. Su pasión por el estudio era nativa, no accidental. En su periódico y en algunas revistas científicas comenzó a publicar artículos que llamaron sobre él la atención del mundo literario.
Una tarde, el mismo paisano que me comunicara los datos antecedentes, llegó a mí afectando misterio, y me dijo al oído:
—Sabrá usted que el padre de Jiménez le ha girado quinientas pesetas. Parece que el buen señor, halagado con el nombre que su hijo se va haciendo en las letras, ha vuelto sobre su acuerdo.
—Me alegro—repliqué.
—Pues no se alegre usted, porque se las ha devuelto.
Quedé estupefacto. El paisano se desató en recriminaciones contra él, llamándole necio y orgulloso repetidas veces. Yo le escuché distraído, y quedé largo rato pensativo.
Posteriormente supe que, por mediación de uno de sus tíos, se había reconciliado con su padre y había aceptado al fin la pensión. Dejó el periódico donde trabajaba, y dejó de colaborar en los demás. No volví a leer su nombre en letras de molde. Entonces pudo advertirse claramente que no era la falta de recursos lo que le impulsaba al estudio, porque su afición arreció con tal motivo.
Seguimos siendo buenos amigos, aunque su carácter, profundamente reservado, no permitía ciertas expansiones que la amistad arrastra consigo, particularmente entre jóvenes. Paseábamos juntos muchas veces, nos juntábamos otras en el Ateneo o en el café; pero nada que fuese personal e íntimo salía de sus labios.
En aquella época comencé yo a escribir novelas y a darlas a la estampa. El único amigo que no me habló de ellas fué Jiménez. Este silencio afectado hirió mi amor propio y me causó una sorda irritación que estuvo a punto de enfriar nuestras relaciones y aun de darlas al traste. Propenso estuve a achacarlo a miserables celos de oficio. Por fortuna, obró pronto en mí la reflexión como bálsamo bienhechor. Me persuadí de que Jiménez estaba por encima de tales ruines pasiones; que era un hombre de carácter noble, de puras y rectas ideas, aunque un tanto excéntrico. Había que perdonarle esas y otras extravagancias.
La muerte de su padre le arrancó de aquí. No le vi durante largos años. Supe que se había casado, y volví a hallarle establecido en Madrid. Poco después quedó viudo y se marchó de nuevo. Por fin, ya viejo y bastante quebrantado de salud, vino otra vez aquí, y entonces nuestras relaciones se anudaron aún más cordialmente. Jiménez huía de todo el mundo, menos de mí. Esta preferencia me ligó a él de corazón.