Nuestra amistad, sin embargo, no pasaba del compañerismo de los corredores. Cuando nos encontrábamos en la calle, solíamos saludarnos y charlar un rato, y alguna que otra vez me invitó a entrar en un café y beber una botella de cerveza. Pero ni yo sabía nada de su vida, ni él de la mía. Él callaba; yo también.
Al terminar la carrera entré en el Ateneo como socio, y allí volví a encontrarle y nuestra amistad se hizo más estrecha. Entonces pude obtener casualmente algunos datos biográficos, gracias a un paisano suyo, socio también de aquel Centro.
Jiménez era hijo de un comerciante y banquero que residía en un pueblo importante del norte de España. Cuando terminó la segunda enseñanza, su padre, lisonjeado por las notas y premios que había obtenido, y más aún por los elogios que se hacían de su inteligencia, consintió en enviarle a Madrid para seguir la carrera de Ciencias. Mas, una vez concluída, quiso que se restituyese al pueblo y le ayudase en sus negocios. Se iba haciendo viejo, estaba fatigado, y, sobre todo, no valía la pena de que su hijo obtuviese, al cabo de largos estudios, una cátedra dotada con tres o cuatro mil pesetas anuales. Jiménez logró, aunque con trabajo, que le permitiese seguir la carrera de Filosofía. Llegó a graduarse al fin, y entonces su padre le hizo saber perentoriamente que, o venía a trabajar al escritorio, o no contase con él para nada.
Ahora bien, Jiménez odiaba de muerte el escritorio de su padre, no tanto por el olor de las pieles curtidas que allí había, como por la vista de las cifras. Una vez puesto en tal disyuntiva, como era tozudo y orgulloso, rompió por todo y se quedó en Madrid. Se quedó a la clemencia de Dios y de la patrona.
«¡Pasó aquel chico una crujía!» Así exclamaba su paisano cuando me refería estos datos. En efecto, yo recordaba haberle visto en dos o tres ocasiones mal trajeado y sucio; pero lo achacaba a desidia. Acometióle también por aquella época una fiebre tifoidea que le retuvo en cama cerca de dos meses. Hubiera ido al hospital, seguramente, sin la caridad excepcional de su patrona, que le prodigó los tiernos cuidados de una madre.
Por fin, terminaron relativamente sus desdichas cuando entró de redactor en un diario de la mañana, con doscientas pesetas mensuales de sueldo.
II
Éste era su medio de vida cuando volví a encontrarle en el Ateneo. En su biblioteca pasaba las tardes devorando libros y sin tomar parte casi nunca en nuestras discusiones ruidosas de los pasillos.
—Mucho lees, Jiménez—le decíamos alguna vez poniéndole la mano sobre el hombro.
—Es que no tengo dinero—replicaba tranquilamente sin levantar la cabeza.