La renta vencía a mediados de noviembre, pero Pachón la pagaba ordinariamente en diciembre, y la pagaba en dinero, no en especie, porque don Luis Barreiro, el canónigo administrador del Cabildo, así se lo consentía. Pedía el caballo prestado a Martinán, el tabernero de Entralgo, salía de madrugada de la Quintana, y tornaba a la noche con el bolsillo vacío y el corazón satisfecho.

¿Diremos que con el estómago repleto también? Sí, también podemos decirlo, porque doña Tomasa, el ama fiel del canónigo, jamás le dejaba comer solamente la pobre vitualla que traía para el caso. Le sentaba en la cocina con los demás criados, y gozaba como ellos de los relieves de la espléndida mesa del prebendado.

¡Y vaya si era espléndida! Allí el mero con guisantes, allí el salmón con salsa verde, allí la sopa con tropiezos de jamón, allí las perdices estofadas y la compota de peras de don Guindo y las manzanas de reineta. Pachón engullía como un lobo; pero no podía menos de pensar al mismo tiempo que la salvación de don Luis Barreiro era bastante problemática. Había oído exclamar en un sermón al capellán de Rivota: «Y vosotros, miserables glotones, ¿qué habéis de comer en el infierno?» ¡Pobre don Luis!

En cierta ocasión se descuidó algo más de la cuenta para restituirse a su casa: había tenido que hacer un encargo del señor cura de Lorío y otro del capitán de Entralgo. De tal suerte, que cuando vino a despedirse de doña Tomasa, ésta le dijo:

—Pero, criatura, ¿dónde vas ahora, si muy pronto obscurecerá, y tienes que andar siete leguas por esos malos caminos, de noche? Mejor será que te quedes a dormir aquí, y mañana salgas por la fresca.

Pachón no supo resistir a tan amable ofrecimiento, y se quedó.

Después de cenar, la misma doña Tomasa le puso una palmatoria en la mano, le llevó a un cuarto desocupado, y mostrándole una gran cama que allí había, le invitó a descansar.

—Esta es la cama donde duerme el señor magistral de Covadonga cuando viene a Oviedo. No tengo otra en este momento... ¡Pero que no lo sepa el amo, Pachón!

La cama estaba cubierta toda ella con una gran colcha de percal. Pachón no comprendió que era necesario despojarla de esta colcha y meterse entre sábanas. La contempló con admiración unos instantes, y se dejó caer sobre ella con alegría, con gratitud y con respeto. ¡Dios, qué blandura! ¡Si parecía hecha de manteca! Y se durmió como un santo.

Dos horas después se despertó, transido de frío. ¡Dios, qué frío hace aquí! Echó una mirada en torno, por ver si había algo con qué taparse, pero nada halló para el caso. Largo rato estuvo sin poder conciliar el sueño. La luz se hizo en su espíritu en estas horas de insomnio. De repente vió con admirable claridad cuán equivocado había estado al juzgar a los sacerdotes, y particularmente a los canónigos, por las apariencias. Verdad que comían bien y bebían según sus deseos; pero, ¡ay!, de sobra estaban compensados estos regalos con la penitencia que hacían por la noche.