Rezó un padrenuestro fervorosamente para que Dios le perdonase tanto malo pensamiento como había tenido, y trató de dormirse. Imposible. El frío arreciaba por momentos, y él no estaba acostumbrado, como el señor magistral de Covadonga, a estas terribles austeridades.

Nada, nada, no podía resistir más tiempo. Se levantó de la cama y, aunque era todavía noche bien cerrada, bajó a la cuadra con gran cautela para no despertar a nadie, aparejó el caballo, y se salió bonitamente de la casa del canónigo, emprendiendo el trote hacia Laviana. El remordimiento le seguía atenaceando.

Y sucedió que aquella noche Pachón se hallaba entre los suyos cenando alegremente al amor de la lumbre. No faltaba allí buen rescoldo de leña de haya, porque el monte estaba cerca, y los madreñeros, cuando tumbaban un árbol, apenas aprovechaban más que una parte del tronco, dejando lo demás para el que quisiera cogerlo. No faltaba tampoco un buen pote de berzas con tocino y sendas escudillas de leche. Pachón saboreaba estos regalos con mayor placer que nunca había sentido en su vida. Ya sabía a qué atenerse sobre los placeres del clero. ¡Cáspita si lo sabía!

Antes de irse a la cama quiso ver el estado del cielo. Abrió la media puerta superior de su cabaña, y un soplo húmedo y glacial le dió en el rostro. Hacía un tiempo horrible. Caía la nieve copiosamente, y el viento la arremolinaba formando torbellinos en la altura antes de caer sobre el valle. Si seguía unas cuantas horas así, los vecinos de la Quintana tendrían que hacer un agujero en la nieve para salir al día siguiente de sus casas. Pachón se apresuró a cerrar la puerta, y mientras la atrancaba dejó escapar un suspiro, exclamando:

—¡Pobrecitos canónigos, qué frío pasarán esta noche!

La procesión de los santos

ÁS de una vez me aconteció penetrar en la vieja catedral gótica a la caída de la tarde. Allá en el fondo hay una obscura capilla solitaria, y allá en el fondo un Cristo solitario abre sus brazos doloridos entre dos cirios que chisporrotean lúgubremente.