—Pero yo siempre me he dicho: ¿por qué partir lo que está entero? Cuando seamos más, tocaremos a menos. Más barato me saldrá tirar los calcetines cuando estén rotos, que no poner sombrero y pendientes a una señora que me los zurza. Luego la botica, las comadres, la escuela del niño... Nada, nada, bien se está San Pedro en Roma... Pero si no llegasteis como yo, fué por vuestra culpa. Lo que se hace en un año, se puede hacer en once meses si se aprieta un poco; y si se aprieta otro poco, en diez, o en nueve, o en ocho. La cuestión es arrear, y no ser asno para que le arreen los demás. Yo nunca admití zánganos en mi casa: el que a mí me ha servido, tenía que andar más listo que una rata y dormir con un ojo abierto. Todavía me acuerdo de un dependiente gallego que tuve cuando estaba establecido en Santa Clara. El buen hombre era listo, y en los primeros meses cumplió como ninguno, trabajaba como un camello; pero en cuanto se creyó asegurado, se hizo remolón. Yo le vi venir, y dije para mí: «¡No sabes con quién has tropezado, precioso!» Le dejé algunos días despacharse a su gusto, y una noche, cuando estaba en el primer sueño, fuí a su cuarto, le quité la ropa, que yo le había comprado, y le puse de patitas y en camisa en medio de la calle.

—¿En camisa?—exclamó uno.

—A las doce de la noche.

—¿Y no tenía usted miedo que se acatarrase, don Pancho?—preguntó otro soltando una carcajada.

—Sin duda, quería usted que no lo comiesen los mosquitos—dijo otro riendo también.

Don Pancho no replicó, y prosiguió gravemente de esta suerte:

—Las cataplasmas sirven, cuando le duelen a uno las muelas. A un hombre que no vale para el caso, se le echa a la basura como un trapo sucio. Si hubierais hecho como yo, y no hubierais andado en miramientos, antes habríais venido a disfrutar de vuestro trabajo. Todos vosotros recordaréis a aquel desdichado Perico Barrios, hijo del marqués de Santa Filomena. Había heredado un bonito capital, y lo deshizo prestando a este y al otro amigo, que estaban en un apuro. Regla general: cuando uno tiene dinero, los amigos están todos apurados. Ultimamente no le quedaba ya más que el ingenio de Chirivitas, y vino a mí para que le diese algún dinero sobre él. Se lo dí; lo gastó; vino otra vez; le dí más, lo gastó también. Al fin no tuve más remedio que quedarme con el ingenio. Pues este majadero, después que tiró la última peseta y anduvo rodando por todas las zahurdas de la población, llegó un día a mi casa medio desnudo y muerto de hambre a pedirme cinco pesos para comer. Yo le respondí que no estaba dispuesto a mantener vagos. El hombre se enfadó y hasta quiso ponerse un poco bravo, y me dijo que me había quedado con el ingenio por sesenta mil pesos y que valía más de cien mil, y otra porción de necedades. Yo llamé al criado, y le dije: «Anda, hijo, ve a buscar un guardia, que este sujeto se pone bravo, y no sé si viene a robarme.» Allí le vierais marchar echando por la boca espumarajos...

—Yo creo que el ingenio de Chirivitas valía, en efecto, más de cien mil pesos—manifestó uno.

—Sí que los valía—replicó don Pancho—; pero Dios no manda a nadie ser jumento. Si valía cien mil, ¿por qué lo soltó en sesenta mil? Porque era un mentecato, y cuando un hombre es un mentecato, debe dejar paso a los que no lo son. La finca era buena, pero estaba muy descuidada. La negrada, no tan mala como acostumbrada a la holganza y la buena vida. Perico Barrios tenía allí de mayordomo un pariente que poco le faltaba para dar bizcochos a los morenos y sentarlos a la mesa. En cuanto me hice cargo de la finca, comprendí que era necesario poner aquello en orden. Despedí a los mayorales y contraté otros dos, los más avispados que pude encontrar en todo el departamento. Uno de ellos, sobre todo, llamado Vicente, era fino, ¡fino!, que apetecía comérselo. Donde aquel hombre ponía el látigo ya se sabía que levantaba la piel. Un mozo simpático y gracioso. Mientras arreaba a la gente les improvisaba coplas que a ellos mismos les hacía reir. Recuerdo que solía mascullar con voz cavernosa:

Dijo el sabio Salomón,
con su música cantando:
El c... que quiere fuete,
por sí mismo lo está buscando.