»Y tras la copla venía... ¡el diluvio!
»—¡Por su madre, mayoral!—gritaba el negro.
»—Cada azote que te doy, le quito un día de purgatorio—respondía él.
»—¡Etá bueno ya, mayoral!
»—No está bueno todavía; te he de dar hasta que huelas a ajo.
»Con aquel hombre se podía ir a cualquier parte. Cuando llegó la época de la zafra, le llamé y le dije:
»—Vicente, es necesario que la primera caja de azúcar que salga para Nueva Orleans sea del ingenio de Chirivitas, aunque reventemos.
»—Pierda usted cuidao, mi amo; ninguna otra irá por delante.
»Y, en efecto, cumplió su palabra: despachamos una partida de cajas seis días antes que todos los demás ingenios de la isla. Habíamos calculado que enterraríamos seis u ocho hombres: enterramos diez. Pero, echadas las cuentas y descontadas estas pérdidas, me quedaron aquel año doce mil pesos limpios.
—¡No ha estado mal!—exclamó uno con admiración.