—¡Usted lo entiende, don Pancho!—exclamó otro.

Todos aplauden las palabras viriles y admiran el espíritu libre de aquel anciano.

Después de una pausa, uno de ellos preguntó, haciendo un guiño malicioso a sus compañeros:

—¿Y qué fué de aquella morena con quien usted estaba enredado últimamente, don Pancho?

—¿La Pepa?... La vendí a Manuel Rodríguez cuando me vine... ¡Lloraba la pobre que daba pena verla!

—Era una buena mujer, limpia y hacendosa, y le cuidaba a usted perfectamente.

—¡Ya lo creo que lo era! La hubiera traído si no fuese que aquí se hacía libre... Además, ya sabes que las negras asustan en España.

—Me parece que tenía usted dos hijos con ella.

—He tenido tres... Los vendí también, cuando me vine, a Rafael Alonso.

—Hombre, ¿los ha vendido usted a ese bruto?