—¡Qué quieres, amigo!—repuso don Pancho riendo—. Tenía prisa, y era necesario liquidar lo más pronto posible.
Mi padre se levantó y se despidió cortésmente, llevándome consigo.
Aquélla fué mi última cátedra de energía, porque desde entonces, cuando pasábamos por allí, no volvimos a sentarnos entre los indianos.