No basta que nos digan: «Ahí tenéis la religión, ahí tenéis los divinos preceptos del Evangelio. Ama a tu prójimo como a ti mismo, sé generoso, sé humilde, sé caritativo, y te desembarazarás del odio.» Esta es una petición de principio. Desembarázate del odio, y te desembarazarás del odio. Pero ¿cómo? He aquí el problema. Si se nos otorga lo que el Cristianismo llama la gracia, bien al nacer, o bien por un cambio brusco, por un verdadero cataclismo operado en nuestro espíritu, todo está resuelto. ¿Y si no se nos da? Debemos implorarla. Tal creo yo también; pero mientras llega, debemos empuñar todas las armas de que disponemos para combatir al enemigo de nuestra dicha.
Tampoco es suficiente apartar los obstáculos que se interponen entre nosotros y el amor, esto es, los pecados. Se puede vencer la avaricia, y la lujuria, y la gula, y, no obstante, por una disposición enfermiza de nuestra naturaleza, por una depresión invencible de nuestro sistema nervioso, sentir aversión hacia nuestros semejantes, herir y ser herido por ellos. Un hombre humilde y casto y sobrio y liberal, si no tiene los nervios bien equilibrados, cae con frecuencia en arrebatos, suspicacias, antipatías, recelos y rencores que aniquilan su paz interior y le hacen desgraciado. En el transcurso de mi vida he conocido bastantes hombres de recto y generoso corazón que no gozaban de paz interior. La misma religión se convierte en idea fija para las naturalezas débiles, y las hace caer en tristes aberraciones, en verdaderas pesadillas.
¿Cuáles son, pues, las armas que debemos empuñar para combatir el odio? Las que tenemos más al alcance de la mano: nuestras mismas pasiones. Si no podemos vencerlas y ser santos, debemos encauzarlas por medio del principio inteligente que en nosotros reside. Voy, pues, a proponer algunos recursos contra esta inmensa desgracia que los griegos, y nosotros con ellos, llamamos misantropía. Son los míos, son los que a mí me han servido. Antes de desdeñarlos, que cada cual los ensaye en sí mismo.
Lo primero que debemos hacer es observar nuestro carácter con atención e imparcialidad. Y así como para resolver una ecuación se simplifican los términos reduciendo unos a otros, de modo igual debemos esforzarnos en reducir nuestras pasiones a una sola: el orgullo. El orgullo es, en efecto, la cabal posesión de sí mismo, una absoluta confianza en el propio valer. Con un poco de perseverancia y astucia, lo mismo la vanidad que la ambición, la envidia, la ira, etc., pueden fundirse en aquella única pasión. El orgullo engendra legítimamente el desdén, y el desdén es un antídoto poderoso contra el odio.
¿Cómo? ¿Combatir el odio con el desprecio? Sí: simillia simillibus. Todo el mundo habrá observado que aquellos hombres llamados orgullosos, los que están íntimamente persuadidos, con razón o sin ella, de su excelencia y superioridad, son mucho más propensos a proteger que a odiar. ¿Nunca os ha posado el brazo sobre los hombros alguno de estos seres superiores y os ha protegido? Pues a mí sí, y confieso que nunca ha acaecido esto sin que me dijera: «¿Por qué no seré yo como este imbécil? ¿Por qué no he de tener, como él, completa, absoluta confianza en mí mismo?»
He aquí, pues, cómo el orgullo puede ser, si no remedio, un paliativo eficaz contra el odio. Gran parte de los hombres, para no ser aborrecida, necesita ser despreciada.
¡Pero este remedio es inmoral! El desprecio es una falta de caridad, es un pecado.
Despacio. La raza de los hombres, antes de ser moral, ha sido inmoral. Por tanto, las etapas del camino que el género humano ha seguido para pasar de la inmoralidad a la moralidad, no pueden llamarse con justicia inmorales. Son pasos necesarios, pasos trabajosos, donde la fiera primitiva ha ido limando sus dientes y sus uñas. Ni Zamora se hizo en una hora, ni la moral tampoco. Y como la historia de la Humanidad se reproduce infinitas veces en cada individuo (sentiré que esto pueda parecer una idea fija, pero yo la veo en todas partes), el hombre que por la gracia divina no haya tenido la dicha de nacer con moralidad, necesita conquistarla a costa de grandes esfuerzos, empleando para ello todos los recursos con que la Naturaleza le ha dotado. Históricamente, no ofrece duda que el sentimiento poderoso de la independencia, generador del desprecio de los demás, ha precedido al sentimiento de la caridad. No es necesario apelar a los griegos y romanos. El mismo pueblo de Israel no consideraba prójimo sino al compatriota, ni pensaba que Jehová pudiera proteger al extranjero. El pueblo elegido tenía el orgullo de sí mismo y de su Dios.
El orgullo nos hará solitarios. Otra condición inapreciable para no sentir odio. Petrarca y los que han seguido sus huellas en este punto consideraban la soledad como único remedio contra la misantropía. No hay que llegar a tanto; en muchos casos la soledad ejerce una acción deprimente. Mas tomada en dosis cortas y de un modo intermitente, puede contribuir con eficacia a mejorarnos.
El orgullo nos hará indiferentes a la simpatía y la antipatía de los demás. Es la mayor felicidad que puede proporcionarnos. Estoy íntimamente persuadido de que si cien veces sentimos odio, noventa y nueve será ocasionado por el secreto despecho de no haber logrado hacernos amables, o simpáticos, o respetables. Quien logra sobreponerse al fallo de los demás porque se tiene fallado ya a sí mismo con sentencia firme, vive exento de rencores. Si, pues, el orgullo es un pecado, no ofrece duda que es un pecado menor que el odio. En la necesidad imprescindible de elegir entre uno y otro, el más severo moralista no dejará de aconsejarnos que elijamos el primero.