Voy a proponer ahora otro remedio que nadie, seguramente, tachará de inmoral. No sólo no es inmoral, sino que es el principio y raíz de toda moralidad. ¡Como que es la esencia misma del Cristianismo! Me refiero a la piedad. ¿Qué es el Cristianismo, en su esencia, sino un estado de alma, una disposición perpetua a la piedad?

Si quieres no padecer la enfermedad del odio, compadece. Muchos fisiólogos modernos y filósofos tan grandes como Aristóteles y Espinosa aseguran que la piedad es un sentimiento deprimente. No hay que pensarlo. Todos los sedantes son deprimentes en cierto sentido, pero necesarios para que el dolor no aniquile el organismo. ¿Ves ese hombre que acaba de inferirte una ofensa o de robarte algún bien? Considéralo atentamente, examina las circunstancias de su vida, y te persuadirás de que no es feliz, sino un desgraciado como tú, acaso mucho más que tú. O es pobre y necesita luchar por la existencia, o su mujer le es infiel, o le martiriza con su carácter, o tiene un hijo díscolo o pródigo o enfermo, o él mismo padece una enfermedad crónica y dolorosa, o ha visto morir a los seres más queridos de su corazón, o ha experimentado graves quebrantos en su hacienda, o sufre, en fin, las mordeduras de su temperamento atrabiliario o de un carácter altanero y envidioso.

Y si, por rareza, nada de esto existiese, evoca con la imaginación la hora de su muerte. Míralo tendido en el lecho del dolor, tendido para siempre. El rostro amarillo, la nariz afilada, los ojos hundidos y aterrados. Comienza el estertor de la agonía. Dentro de un instante traspasará los umbrales de la muerte para no volver jamás. ¡Jamás! ¿No sientes en tu conciencia que aquel hombre merece compasión? ¿Qué ha ganado con haberte herido? Si disfrutó de los bienes de este mundo, en cambio, murió atormentado por la ambición, por el odio y por la envidia. Y si hay algo más allá de esta vida... ¡Oh!, entonces... ¡Pobre hombre!, ¡pobre hombre! Ninguno existe que, bien considerado, no merezca piedad. Y la piedad es el principio del amor, es el amor mismo. Si logras compadecer, toda tu saña se fundirá inmediatamente, como la nieve al influjo de un rayo de sol.

Tal es la cura antiséptica que propongo contra la úlcera del odio.

Recomiendo además la esponja empapada en agua fría al levantarse de la cama.