Los animales todos utilizan los medios que poseen, fuertes o débiles, para la lucha con la Naturaleza animada o inanimada. El asno tira coces porque no tiene garras, el corzo utiliza sus pies ligeros para huir, el calamar su tinta para enturbiar el agua y ocultarse, y los insectos, que no poseen otro medio de defensa, se hacen los muertos.
Por eso, nada tiene de extraño, digan lo que quieran, que Morales haya utilizado en cierta ocasión la mala fama de que gozaba entre sus vecinos y conocimientos.
Era andaluz, y había llegado al pueblo en compañía de un ingeniero, sirviéndole de criado y de ayudante en sus trabajos de campo. Cuando el ingeniero partió de la comarca, Morales se quedó en ella. Logró que le hiciesen sobrestante en las obras de una carretera, luego fué destajista; ganó algún dinero. Pronto fué un hombre conocido y hasta importante entre el paisanaje. En diez leguas a la redonda no había quien bebiese, quien hablase ni quien mintiese tanto como él. Denunció una mina de carbón, y se asoció con un pequeño propietario del país para beneficiarla. Dos años después los trabajos quedaron interrumpidos y el propietario arruinado. Pero a Morales le vimos tan boyante después de la catástrofe. Compró un hermoso caballo de silla y comenzó a hacer una casa. Este fué el primer golpe serio que recibió su reputación.
No mucho después denunció otra mina de hierro. Hizo un viaje al extranjero, y volvió en compañía de dos blondos ingleses que venían a reconocerla antes de constituirse la sociedad que había de explotarla. Los ingleses eran expertos y la reconocieron con toda minuciosidad. Morales no era tan experto, pero logró engañarles. Los obreros que los acompañaban, amaestrados por él, llevaban en los bolsillos magníficos ejemplares de mineral de hierro. Cuando los ingleses les ordenaban arrancar en los diversos parajes de la mina algunos trozos, al entregarlos, sabían, como hábiles prestidigitadores, sustituirlos por los otros.
Sin embargo, aquellos extranjeros comenzaron a dudar de la buena fe de Morales, o porque advirtiesen sus procedimientos falaces, o porque algún traidor se los denunciase. Arrojaron los pedazos de mineral extraídos al río, y una mañana, ellos mismos, provistos de pico y azada, se dirigieron a la mina, arrancaron los trozos que juzgaron oportuno, los metieron en un saco, lo precintaron escrupulosamente y se lo llevaron a la fonda donde se alojaban. Morales se puso al habla con una de las criadas, le dió un billete de cinco duros, y pudo penetrar de noche en el cuarto donde se hallaba el saco encerrado. Lo descosió por debajo, sacó las piedras minerales, introdujo otras, y de nuevo lo cosió.
Cuando el saco llegó a Londres en compañía de los emisarios, y fué examinado por los técnicos su contenido, causó profunda admiración la riqueza de aquel mineral, y desde luego quedó constituída la sociedad que había de beneficiarlo. Se envió un director facultativo, y Morales fué nombrado administrador gerente.
Grandes preparativos, mucha maquinaria, planos inclinados, pequeñas vías férreas para la tracción, lavaderos, cargaderos, etc., etc. Todo esto duró más de un año. Cuando comenzaron los verdaderos trabajos de explotación no tardó en averiguarse que aquella mina se componía de pequeñas bolsas, y que si el mineral era rico en alguna de ellas, en la mayoría valía muy poco. El resultado fué que, algún tiempo después, la sociedad se vió necesitada a suspender los trabajos, y los ingleses se retiraron a su país con enormes pérdidas.
¿Perdió también Morales? Lejos de eso, se advirtió claramente que su fortuna había crecido como la espuma. Compró un coche con dos caballos, y vivía como un hombre opulento. Los campesinos tasaban su capital en más de cien mil duros. Es posible que no fuese tanto. De todos modos, con tal motivo, Morales fué considerado, no sólo en el pueblo, sino en toda la provincia, como uno de los hombres más inmorales que jamás se hubieran visto. Fué unánimemente aborrecido y despreciado, pero se le quitaba el sombrero de lejos.
Así vivió feliz y respetado en la apariencia algunos años. Pero las leyes morales, vulneradas por su homónimo, exigían una reparación, y al cabo se les fué otorgada. Nuestro flamante capitalista tenía un espíritu inquieto y ambicioso; no le bastaba el dulce bienestar que tan inmerecidamente disfrutaba: apetecía ser un millonario. Vió la ocasión de conseguirlo, quiso aprovecharla, y sucumbió.
A pocas leguas del pueblo donde habitaba existía un coto minero compuesto de varias pertenencias que aún se hallaban por explotar. Todo el mundo se hacía lenguas de aquel coto: se decía que eran las más ricas minas de carbón que había en la provincia: los ingenieros y capataces corroboraban este aserto. Morales supo que se hallaban a la venta y que sus propietarios las tasaban en quinientas mil pesetas. No tenía bastante dinero para comprarlas, pero se trasladó a la capital de la provincia, habló con Miranda y con Ulloa, los dos banqueros más ricos, les hizo ver claramente las ventajas del negocio, y después de repetidos viajes y conferencias se decidió que las comprarían entre los tres. Morales aportó doscientas mil pesetas, y ciento cincuenta mil cada uno de los banqueros.