Miranda y Ulloa no eran dos cándidas palomas. Si algún símil pudiéramos extraer para ellos del reino animal, más bien pudiéramos compararlos a dos zorros viejos. Así, que a todo el mundo sorprendió que se asociaran con aquel aventurero tan desacreditado y peligroso. Ellos sonreían bondadosamente cuando se hablaba del asunto, y respondían que Morales no era tan pícaro como la gente lo pintaba.

Sin embargo, no le concedieron la administración del negocio, como habían hecho los ingleses. Nombraron para este cargo a un yerno de Ulloa. Además, quedó estipulado en el contrato de sociedad que cada uno de los socios aportaría, para comenzar los gastos de explotación, cincuenta mil pesetas, y otras cincuenta mil en el caso de que los beneficios no bastaran a cubrir los gastos.

Ahora bien, setenta mil duros era todo el capital que poseía Morales. ¿Lo sabían Miranda y Ulloa? Hay que suponer que lo sabían. Porque, concluído el segundo dividendo pasivo, como las minas no diesen aún lo suficiente para cubrir los gastos de explotación, se negaron a facilitar más dinero y suspendieron las obras.

Morales se mesaba los cabellos. Aquello era un absurdo. Todos los técnicos afirmaban que no había otras minas más ricas en la cuenca carbonífera. Era seguro que antes de un año comenzarían a rendir enormes ganancias. Miranda sacudía la cabeza con un gesto escéptico.

—Desengáñese usted, Morales. Hemos hecho un mal negocio. Confesemos que nos hemos pasado de cándidos prestando confianza a los ingenieros. Los negocios parecen siempre bien sobre el papel, pero en el terreno son distintos. No hay más que cerrar el portamonedas, y a pensar en otra cosa.

¡Cerrar el portamonedas! Demasiado sabían Miranda y Ulloa que el portamonedas de Morales lo mismo podía estar ya abierto que cerrado. Pero aparentaban ignorarlo y le trataban como uno de sus pares, esto es, como un hombre que tuviese en reserva algunos millones. Si él quería proseguir la explotación por su cuenta, se celebraría entre ellos un nuevo contrato, y les daría por tonelada extraída el tanto por ciento que se conviniese.

Morales no quiso confesar su situación. Hipotecó la casa que había construido, y prosiguió durante un corto tiempo la explotación. Pidió dinero después en todas partes, y en todas partes le cerraron las puertas. Las obras quedaron al fin definitivamente en suspenso.

Entonces Miranda le llamó a su despacho, y en nombre suyo y en el de su compañero Ulloa le propuso... (¡Cuesta trabajo decirlo! Pocas veces se habrá visto en el mundo una burla tan escandalosa.) Le propuso comprarle su participación en las minas por la cantidad de ¡diez mil duros! Morales quiso arrojarse sobre él: los dependientes del banquero se lo impidieron. No pudieron estorbar que soltase por la boca todos los epítetos que la fantasía andaluza y su educación plebeya le sugirieron en aquel instante. Como había testigos, se le podía procesar por injuria; pero Miranda era un hombre práctico y frío. Prefirió esperar, y tomar una venganza más sabrosa. Después de todo, aquel desdichado tenía razón para enfadarse. Acababa de invertir, entre la compra y los trabajos, más de setenta mil duros.

Entonces comenzó para Morales una época bien aciaga. Sin dinero, sin reputación, sin amigos, pasaba la vida del uno al otro café del pueblo vociferando contra Ulloa y Miranda, narrando sus infamias. La gente le escuchaba guiñándose el ojo. Todo el mundo comprendía que aquel hombre había caído en un pozo. En cuanto volvía la espalda, soltaban a reir alegremente.

Descaeció notablemente en su aspecto físico. Andaba pálido, ojeroso, sucio, y últimamente empezó a darse a la bebida. Llegó a faltarle lo necesario para vivir, y apeló entonces a subterfugios y trampas que estuvieron a punto de dar con él en la cárcel. Si alguien le insinuaba la idea de que aceptase los diez mil duros que le ofrecían Miranda y Ulloa, ¡eran de oír sus blasfemias e imprecaciones!