Morales permaneció silencioso y movió la cabeza lentamente, haciendo un signo negativo.
—¿No acepta usted?—preguntó Miranda con sorpresa.
El mismo silencio y el mismo signo negativo.
Hubo una pausa.
—¿Pues qué es lo que usted quiere por su parte en el coto?
—Dos millones de pesetas—repuso Morales en el tono más natural del mundo.
Miranda se puso pálido.
«Este bribón lo sabe todo», se dijo inmediatamente. Por unos segundos se miraron ambos a la cara en silencio y con los ojos muy abiertos.
—Si es broma, puede pasar—dijo al cabo el banquero riendo—. Ya sé que ustedes los andaluces las gastan muy alegres.
—Hablo en serio, don Rafaé; usted no sabe lo que son esas minas, don Rafaé—repuso Morales en tono candoroso—. Si usted supiese qué tesoro tenemos en ellas, no hubiera usted hecho lo que hizo, abandonar los trabajos y dejar que algunas galerías se viniesen abajo y las máquinas se echasen a perder. Yo estoy completamente seguro de que más tarde o más temprano ese coto nos ha de hacer ricos a todos.