Miranda le clavó una mirada penetrante, tratando de investigar si aquel sujeto se estaba burlando, o nada sabía de lo ocurrido.
El aspecto tranquilo, inocente, de Morales le aseguró, aunque no por completo.
—Vamos, no sea usted niño, Morales. Sólo con una imaginación tan exaltada como la que usted tiene se pueden concebir esas locas esperanzas. Deje usted la fantasía, vuelva a la razón, y acepte usted el negocio que le proponemos, porque si ahora lo rehusa, acaso no vuelva para usted la ocasión.
—Le repito, don Rafaé, que usted no sabe lo que son esas minas. ¡Hay que haber oído a los capataces!, ¡hay que haber visto trabajar a los mineros!... ¡Una seda!, ¡un tarro de manteca, don Rafaé!
Éste sacudía la cabeza riendo, como si se tratase de las palabras de un niño o de un loco.
De pronto el semblante de Morales cambió de expresión. Su frente se contrajo, sus ojos relampaguearon, su voz temblaba de indignación.
—¡Parece mentira, don Rafaé, parece mentira que usted y su compañero Ulloa sean dos personas apreciadas y respetables! ¡Después de haberme dejado en la miseria, después de haberme puesto entre la espada y la pared, ahora que Dios quiere sacarme de la ruina y hacerles a ustedes también un favor, todavía intentan ustedes engañarme miserablemente y despojarme de lo que me pertenece!... Que eso lo hiciese un petate como yo, podía pasar; ¡pero un senador!, ¡un millonario!
Miranda tenía la cara dura, pero así y todo le salieron los colores a la cara.
—Puesto que usted lo sabe todo—manifestó al cabo con enfado—, no hay más que hablar. Sin embargo, debo advertirle que la casa inglesa que desea adquirir las minas no quiere tratos con usted.
—Es igual—repuso tranquilamente Morales—. O conmigo tiene que tratar, o no puede adquirirlas. Por tanto, ustedes me darán los dos millones de pesetas.