Pensé hallarle afligidísimo y desalentado; mas con verdadera estupefacción observé que estaba tranquilo y contento. La razón era porque había averiguado que podía dictar sus libros, y que eso, en vez de producirle molestia, le facilitaba el trabajo.
Sin embargo, por mi parte, en las grandes tristezas de la vida no apetezco que me consuelen la política, ni los negocios, ni el arte. Otro numen más alto quisiera que guardase mi alma de la desesperación.
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Con el corazón podemos unirnos a todos los hombres. Cualquier ser humano puede ser amado. Aun podríamos decir que cualquier ser creado, pues nos encariñamos con las bestias. Mas con la inteligencia sólo podemos unirnos a un número reducidísimo de personas. Los juicios de la inmensa mayoría de los hombres son absolutamente despreciables.
Y, sin embargo, por un misterio inescrutable, de todos estos juicios despreciables se forma al cabo el único juicio apreciable. Así la sabiduría divina transforma sin cesar el lodo en hombre y el hombre en lodo.
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Marcho por el áspero camino sombreado de hayas de la campiña vasca con un periódico en la mano. ¡Un periódico bien provisto de crímenes y de interviúes! Suena una carreta: levanto la cabeza. Delante de las vacas uncidas marcha un hombre con la aijada en la mano: a su lado la esposa con una cesta al brazo. ¡Oh, qué bien cargado va el carro de hierba crujiente y olorosa, tesoro del labrador! Pero no; el tesoro del labrador está más arriba. Allá en lo alto, medio hundidos en el heno, aparecen dos niños que inclinan sus cabecitas para verme. «¡Adiós!», me dicen. «¡Adiós!», respondo. La carreta pasa rechinando y deja en pos de sí una estela perfumada. Me detengo y la miro alejarse. Mi corazón va con ella.
Es la hora del crepúsculo. La campana de la iglesia lejana deja escapar un tañido melancólico. El padre detiene la carreta y se despoja de la boina: la madre deposita su cesta en el suelo: los niños se arrodillan sobre la hierba y rezan el Angelus.
—He aquí—me digo—el emblema de la dicha humilde: paz, salud, trabajo, esperanza, amor. He aquí los seres amados de Dios y necesarios a los hombres.
El periódico bien repleto de crímenes y de interviúes se desprende de mis manos. No me bajo a cogerlo.