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Los contemporáneos se ponen siempre del lado de los enfáticos. Pero la posteridad pertenece a los sinceros.

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Los moralistas nos dicen que debemos perdonar las ofensas y ser tolerantes y pacíficos, porque nuestro ejemplo influirá favorablemente en los demás, y, por tanto, en la obra de la civilización.

No se puede aceptar esto de un modo absoluto. Para que el ejemplo de un hombre tolerante y pacífico influya beneficiosamente en la sociedad, es necesario que se le considere capaz de obrar el mal; y cuantos mayores medios se le supongan para realizarlo, tanto más influirá en los demás su ejemplo. Un hombre bondadoso, pacífico, humilde, pero débil, esto es, sin medios interiores ni exteriores para hacer daño, influye más bien perniciosamente, porque se le desprecia, y al despreciarle a él se desprecia el bien que reside en su persona. Además, por arcano y horrible misterio se observa que en el mundo los hombres buenos, pero débiles, provocan la crueldad de sus semejantes. ¿No recordáis todos que en la escuela siempre había un pobrecito niño sobre el cual caían las burlas más pesadas y odiosas de sus compañeros? Pues eso mismo acaece en el mundo.

Esto hace pensar desde luego que la libertad es el don precioso sin el cual nada valen los otros en el hombre. San Bernardo decía: «Sin la libertad nada puede ser salvado.» Nosotros podemos afirmar también: «Sin la libertad nada puede ser estimado.»

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Si quieres ser feliz, aparenta ser desgraciado.

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Cuando vuelvo la vista atrás, y repaso el tejido de mi existencia, observo con sorpresa que no son los instantes llamados dichosos las horas de ruidosa alegría las que me atraen y cautivan. En esas horas de placer me acompañó siempre un sentimiento vago, inexplicable, de miedo; una voz misteriosa parecía resonar dentro de mi corazón anunciándome su fragilidad. Creo haber sido más feliz en los días de hastío, cuando meditaba, cuando soñaba, cuando veía claramente la vanidad de la existencia y no esperaba nada de ella. Me sentía melancólico, abatido, pero tranquilo.