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Como no voy al Parlamento hace años, pregunté a un diputado amigo mío por los oradores que hoy hacen más figura.
—¿Qué tal N***?
—¡Oh, N***! Es un hombre de mucho talento, perspicaz, erudito..., pero carece de sonoridad.
—¿Y X***?
—X*** ya tiene más sonoridad, y logra algunos éxitos.
—¿Y Z***?
—¡Oh, Z***! Ese es un inmenso orador. ¡Admirable de sonoridad, encantador, avasallador!
Y mi amigo arqueaba las cejas y elevaba las manos al cielo en acción de gracias.
Yo también las elevé para bendecirlo porque, al fin, había un país en el mundo en que la política se rige, como había soñado Pitágoras, por las leyes sublimes y matemáticas de la música.