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La grandeza de los hombres depende de una monstruosidad espiritual, de una protuberancia o joroba en su inteligencia. Son grandes hombres aquellos que han visto con exagerada intensidad una verdad parcial, hasta el punto de no ver otra cosa más que ella en el campo del pensamiento. Pero el espíritu general, que es más seguro, hace entrar cada verdad en sus límites, admirando, sin embargo, el ingenio soberano de quien le ha sacado de ellos.

De aquí deduzco que los hombres razonables no pueden nunca ser grandes hombres.

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Los que defienden su vida a tiros y los que la entregan voluntariamente a las fieras, como los primeros cristianos, quieren por igual perseverar en el ser, obedecen al instinto de conservación. Los unos quieren conservarse unos cuantos días más. Los otros quieren conservarse eternamente. Lo primero es mucho más seguro, pero más limitado. Lo segundo, más halagüeño, pero más incierto.

Tan sólo en aquellos que renuncian a toda vida, a ésta y a la otra, falta por completo el instinto de conservación. Pero ¿existen tales seres? O lo que es igual, si a estos hombres fatigados del vivir, que no pueden más, se les pusiera en la mano una vida feliz, ¿la dejarían escapar?

Y aun suponiendo que tal milagro acaeciese, ¿no es el instinto del reposo lo que les empujaría a ello? ¿Y qué es el reposo sino una necesidad fisiológica del ser, que aspira a acumular nuevas fuerzas para vivir?

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En cierta ocasión preguntaba yo a un novelista amigo mío cómo era que, profesando principios religiosos tan arraigados, no combatía por ellos abiertamente en sus novelas.

Me respondió sonriendo: