—Yo no arrojo el arpón a las almas, como a las ballenas, para desangrarlas. Me contento con sonar la flauta para atraerlas. Además, el arte es un país neutral: en cuanto se entra en él, hay que entregar las armas.
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No basta hacer bien en el mundo: es menester hacer el bien con prudencia. Esto no es apartarse de la doctrina cristiana ni falsificar el imperativo categórico de la conciencia. Es, sencillamente, aplicar la idea de arte a la ejecución del bien. Y el arte es aplicable a toda nuestra actividad. Debemos procurar que el bien se extienda, que cada bien engendre otro bien. Tampoco esto significa que el fin justifica los medios, sino que, al cumplir con los mandamientos de la conciencia, que son absolutos y apremiantes, tenemos el deber, por el hecho de ser inteligentes, de que nuestra actividad se produzca mediante las leyes de la razón.
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Desde que se cesa de luchar por ella, la vida ya no tiene sabor.
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Por más que se aprieten, los hombres como los átomos, no consiguen jamás tocarse.
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Donde empieza el odio, empieza el error.
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