Cuenta Camila Selden en su libro Les derniers jours de Henri Heine que al terminar éste sus memorias, poco tiempo antes de morir, soltó una carcajada de cruel satisfacción.
—¡Los tengo!, ¡los tengo!—exclamó levantando la cabeza—. Muertos o vivos, ya no me escaparán. ¡Ay del que lea estas líneas si se ha atrevido a atacarme! Heine no muere como un cualquiera: las garras del tigre sobrevivirán al tigre mismo.
Penosa impresión causan estas palabras. Aquel moribundo, postrado en el lecho desde hacía varios años como tumba anticipada, y atormentado de dolores, todavía escupe hiel contra sus enemigos. Es el ejemplo más triste de la influencia venenosa que los ataques de la envidia producen sobre los temperamentos exaltados, por más que nativamente no sean malos. Heine era un poeta: por tanto, un hombre de corazón delicado, piadoso, capaz de todas las emociones buenas.
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Los que sólo admiten en el hombre la naturaleza bestial, no dejan de exigir alguna vez a sus esposas y a sus amigos la naturaleza angelical.
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Ni los hombres ni los dioses se entregan sino al que persiste.
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Ver el aspecto afirmativo de las cosas, es, sin disputa, más noble, más espiritual y santo, tal vez más razonable, y desde luego mucho más higiénico, que ver el aspecto negativo. Pero ¿está en nuestra mano? ¿No depende del grado de viveza de nuestra imaginación, de la constitución misma de nuestro cuerpo?
En todo caso, debe uno esforzarse porque así sea.