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Una tarde, paseando por el parque del Retiro, me paré a escuchar a un ruiseñor que cantaba sobre un árbol. Poco después otro paseante solitario como yo detuvo el paso también; luego otro también, y otro, y otro. Al poco rato formábamos un grupo, casi un público. El ruiseñor, como se sintiese admirado, redoblaba sus trinos y los hacía cada vez más dulces y armoniosos. Los paseantes nos mirábamos los unos a los otros extasiados y sonreíamos con admiración. Uno de ellos no pudo reprimirla más tiempo, y exclamó: «¡Bravo!» Otros exclamaron también: «¡Bravo!»; y estalló un aplauso.

El ruiseñor calló repentinamente y se alejó volando, y no volvió a parecer por allí.

Fué el único artista modesto de verdad que he conocido en mi vida.

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Algunas veces la soberbia individual se transforma en colectiva, y entonces se llama patria.

Yo soy un desdichado que habita el barrio más sucio y más infecto de Londres. Sólo tengo harapos por vestido; carezco de alimento y de lumbre. Pero mi país es el más rico y poderoso de la tierra. Donde la Gran Bretaña pone el peso de sus libras, allí está la victoria.

Yo soy un comisionista de vinos de Bordeaux. No tengo en el cerebro más que ideas vulgares y ramplonas. Toda la ciencia, toda la literatura y toda la filosofía que poseo las he aprendido en Le Petit Journal... Pero Francia es la maestra de las naciones. París es el cerebro del mundo.

Yo soy un escribiente con mil pesetas anuales en el Ministerio de Hacienda. Todo el mundo se ríe de mí por lo infeliz que soy. Mi mujer me llama calzonazos y Juan Lanas. Días pasados un compañero en la oficina me dió una bofetada, y me quedé con ella... Pero ¡hay que ver la Infantería española! ¡Qué sobriedad!, ¡qué coraje!, ¡qué cargas a la bayoneta!

No lo dudes, lector: la patria es el maná maravilloso que la misericordia divina ha enviado para los desheredados de la gloria, para los que en este mundo padecen hambre y sed de adulación.