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Repaso los crímenes, las iniquidades de que está llena la historia del género humano, contemplo la profunda tristeza, la duda, la miseria, la perfidia que por todas partes nos rodea, y mi corazón desfallece, y encuentro la existencia absurda y odiosa.
Me acuerdo de las alegrías de mi infancia, me acuerdo de los sueños hermosos de mi adolescencia, veo de nuevo ante mí el rostro de aquellos seres que he adorado, leo en su corazón; y el mío, medio asfixiado, salta otra vez alegre en el pecho, como un pobre pajarillo que en su jaula recibe un rayo de sol.
Así mi espíritu se columpia sin cesar, pasando del más alto optimismo al pesimismo más desesperado.
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Asegura un filósofo que nuestras existencias no son más que sueños de la Divinidad.
Si así fuese, ¡qué dulce sueño el de Dios, amor mío, mientras tú has pisado la tierra!
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Cuando era muy joven, viendo al bueno morir y al malo vivir, al bueno padecer y al malo gozar, observando la cruel indiferencia con que la Naturaleza tritura lo mismo al inocente que al malvado, me hice esta reflexión: «O la bondad, la inocencia y el heroísmo no son más que ilusiones que los débiles se han forjado para contrarrestar la fiereza de los fuertes y hacer más llevadero su dolor, o esta misma Naturaleza es una ilusión, un símbolo que oculta una realidad superior.»